500 palabras. ¿Eso es un blog, no? 500 palabras. Una disertación. Un soapbox virtual. Es la evolución del “diario de la llavecita” en el que no hace falta llave porque no te importa quien lo lea y quien no. ¿Porqué? Porque el ser humano necesita ser escuchado. No se trata del factor reconocimiento. No todo el mundo quiere estar bajo el farol o en la primera fila. De hecho, muchos de nosotros preferimos el anonimato, esa sabrosa cobija que nos ofrece estar detrás de la pantalla, pero nuestra cómoda secretividad no es sinónimo de falta de opiniones o de indiferencia. Si llegaste hasta aquí, sabes claramente… que estoy hablando de mí.
Callada. Introvertida. Con un síndrome de ansiedad generalizada sin diagnosticar – y con opiniones para regalar…siempre y cuando no sean mías. No que carezca de opiniones firmes, estoy corta únicamente de la valentía de dar cara cuando las presento…o presento cualquier cosa. Y es que maldita sea, nací sin ese chip. Y mientras que aún puedo escuchar a mi mamá diciendo “es que ella es una jíbara” cuando me le pegaba a la cadera en cualquier encuentro en el que no me sintiera completamente a gusto, tengo que decir, ok, quiero creer que algo he superado el pánico, la temblequera, la subida de presión y náuseas que me provocan muchas de las situaciones sociales a las que me enfrento. Y ese es el castigo que le ha tocado vivir a esta alma creativa. Mucho que decir, y falta de cojones para hacerlo. Eso es, hasta que el ciberespacio me regaló este par de huevos… o de ovarios que son mucho más fuertes y aguantan más. Este comfort zone dónde escribo desenfrenadamente; dónde a mis dedos se les hace difícil alcanzar la velocidad de mis pensamientos y dónde me escucho (en mi mente lo hago) con una certeza y seguridad bárbara, con un aplomo cómo el de pocos y como lo hubiese hecho en persona… si fuera otra persona que no soy yo.
Entonces paso y disfruto mis ratitos de escape, los que son físicos y los mentales también. Con la compañía de un teclado, un monitor, y en un buen día, un vinito – o un café, dependiendo la hora o el ánimo. Transportada al mundo en el que hablo, mando, y escojo (porque así lo escribo) dirigiendo mi destino sin los “y qué dirán” que muchas veces gobiernan mis días, y con muchos más “cágate en tu madre si no te gusta.” Ah, la utopía cibernética, la divina cura para los “jíbaros” y los “changuitos” ¡lo que sería vivir aquí! Pero nada, por aquí paso aunque de visita, disfruto “hasta el ñú” y participo de esta terapia para tratar este desesperante mal auto-infligido (o congénito, quién sabe) en el que encajonada en mis limitaciones me sacudo las situaciones que me sacan de tiempo en 500 palabras, aunque, típico para mi en este caso, este blog apenas llegue a las 499… ¡como siempre, puñeta! cositas que joden.



