A veces salgo corriendo. Mentira, a veces salgo huyendo… bueno, juyendo, sí, con “J.” Oye, no juzgues, que si te pasara a ti, harías lo mismo. Uy, y si vieras la manera en que me mira la tipa esa… sí, la que está en el espejo. Ay, pa’ que te cuento, si tu sabes de lo que te hablo. Tú tan “jayada,” cosa mona, que escoges la misma ropa que cuando estabas en tus 20’s… ay, y si te sirve en una talla más pequeña, ahí sí que sí ¡arriba el son!
En el 90% de las circunstancias – sobre todo cuando no envuelven levantarme de la cama, o bajarme a recoger algo en el piso ¡yo me siento de 15! Pero entonces, porqué no me encuentro, sino que ahora me acompaña esa que parece que cogió dos ciclos en la secadora y se la engancharon sin planchar. Pero no es vanidad, no señores, es un sentido de estar descolocada en este mundo, cuando debiera estar en una era que parece haber desaparecido y a la que busco desesperadamente encontrar.
Y es que, en medio de mi búsqueda de la fuente de la juventud perdida, a veces me siento como si estuviera participando en una carrera de obstáculos en la que el único obstáculo soy yo. ¿Quién necesita un gimnasio cuando puedes desafiar tu resistencia mental para ignorar esos antojos de helado a altas horas de la noche? ¡Ah, la vida del adulto, donde el mayor ejercicio es levantar la ceja con escepticismo mientras intentas recordar dónde dejaste las llaves del carro, o recordar dónde dejaste el celular, sin la necesidad de usar tu Apple watch.
Pero, ¿sabes qué? A pesar de las arrugas que parecen multiplicarse más rápido que gremlins en Carraizo, y esos momentos en los que mis rodillas suenan más que el suelo de una cabaña abandonada en una película de Stephen King, sigo siendo un espíritu joven atrapado en un cuerpo que parece estar en huelga permanente. Así que, mientras siga persiguiendo mis sueños con la misma determinación con la que persigo el último celsius que queda en la nevera (como si fuera a restartear mi metabolismo), me niego a dejar que la edad me gane. Porque al final del día, la verdadera juventud reside en la capacidad de reírte de ti mismo mientras te preguntas por qué demonios duele tanto todo… y no ahorraste para el Botox, igual que para tu plan de retiro.



