Están las personas que tienen un cuerpo escultural, los que pueden sin remordimientos “jampearse” una una docena de alcapurrias sin que se les mueva un pelo… ni aumenten una onza. Esos malditos que parecen haber negociado un pacto con el diablo o deben haber sido bendecidos con el ADN de los dioses. Entonces, estamos los meros mortales: los que aumentan de peso si le sirvieron media onza de carne adicional, aquellos para los cuales su kriptonita puede ser el arroz blanco, o el carbohidrato de su selección. Esos somos nosotros – los “gordos”.
A nosotros no nos tocó la fabulosa genética que permite esos lujos. Nosotros fluctuamos entre la dieta del momento, y el “yo no nací para ser flaco”. Conocemos la vida low carb, como comen los mediterráneos, sabemos de pesar, medir, escudriñar un plato de comida hasta que esté a los estándares de nuestro nutricionista de turno, o la mezcolanza de conocimiento adquirido con los años. Pero como decía aquel gran filósofo: “una cosa es una cosa, y otra cosa, es otra cosa.” Más allá de la gordura, hablemos de la pipita.
¡Me cago en la pipita!
Sí. Hay que decirlo – no sea que la ira nos cause algún desbalance adicional que se refleje en la balanza. ¡Coño! Los que nacieron con una predisposición para un six-pack o con un cuerpo con una turbina invisible prendida “a tó fuete” no saben lo que es esto. Si quieres saber de una cosita que jode, te cuento de LA PIPITA CONDENÁ. No estoy hablando de la barriga superflúa, es la “pipita,” la condenación que aún después de las dietas y los ejercicios (sí, les gordites también tratan) te queda convenientemente localizada, pillada ahí, agarrándose de tí como si fueras su lifeline.
The belly is the reason that man doesn’t easily mistake himself for a god.
Anonymous
Ese rollito que queda bajo tú ombligo es el que, sin lugar a dudas, es tu “nemesis for life.” Sí. porque no importa los sit-ups que hagas (sit-ups: castigo de gorditos en tiempos pre-históricos antes del cross-it) siempre va a estar ahí. Lisa, sin marcas mayores, algunas veces con estrías, otras con una cicatriz de una cesárea que te recuerde que al menos, algo bueno salió de ahí, la pipita que jode, para recordarte que no todo en la vida es pasajero, y que a veces lo que se queda, es precisamente eso de lo que te quieres deshacer.





