Todo el mundo lo conoce. Tiene varios nombres. Existe en varias industrias: El cliente pesetero. El que te vende el proyecto como que es un honor… para ti, trabajarlo. El que con gusto pide los cambios, rediseña, cambia el giro del proyecto y te tiene con un parchito de dramamina detrás de la oreja para que no te marees con el cambia y cambia.
Sabes porqué te contrató para el trabajo: porque eres la jodienda en bicicleta. Modestia aparte, tienes más trucos que Houdini, eres más rápido que flash, más creativo que Van Gogh (teniendo aún ambas orejas). En fin, la última Coca Cola del desierto, eres el cáliz que tanto buscaba Indiana Jones. Bueno, al menos piensas que fue por eso. Pero no, te contrató porque pensó que estabas cotizada “baratija.” En un mundo de Picasso’s asumieron que eras el caricaturista de turno. En un universo de Tolstoys, eres el que escribe los obituarios… a la patá.
El pesetero tiene su razón de ser
Tú sabes la necesidad de los mosquitos, ¿verdad? ¡Los sapos tienen qué comer! Todo en esta vida es parte de una
Tú sabes la necesidad de los mosquitos, ¿verdad? ¡Los sapos tienen qué comer! Todo en esta vida es parte de una cadena y ese pesetero tiene su propósito – ¡enseñarte tu valor! Piénsalo así: es como un coach de valoración…para enseñarte cuanto TÚ vales. No que te lo diga – claro que no, pero te va a obligar a hacer un ejercicio de introspección, de valoración de tu tiempo, tu trabajo, tu conocimiento y talento. Te va a poner el petardo por el culo, que muchas veces te ha hecho falta y te va a hacer decir: eso es lo que yo valgo.
Dicen que “la máxima expresión del amor es el respeto” – esto empieza por tí. Date el valor que mereces. Date a respetar. Y al jefe pesetero, que sepa que si eso es lo que trajo el barco, va a tener que viajar en yola, porque tú “mi querido Watson,” eres crucero de lujo.




