Pocas cosas joden más que la impotencia, y esta puta guerra que presenciamos en la distancia es el recordatorio perfecto de cuán impotentes somos.
Al momento de escribir estas líneas, es un domingo “uneventful.” Llueve afuera, pero no me afecta en realidad. Ya me tomé los primeros dos cafés del día y aún en pijamas, con la música de Los Walters de fondo, en un cómodo sofá, con el aire en 72 grados, me siento con la laptop en la falda a descargar la ira que me provoca la impotencia, aún cuando sé que el sonido furioso de mis dedos sobre el teclado no va a lograr nada. Nos sentimos, y por nos sentimos quiero decir, me siento, saturada por las imágenes de los paquetes que corren en loop por CNN y que demuestran la arrogancia y la prepotencia de esta excusa de hombre que simula ser el líder de una de las potencias mundiales más grandes. Los envejecientes, bastón en mano, con una colección de experiencias de vida y apenas un bolso para llevar consigo lo primordial; Niños solos cruzando fronteras; otros tantos arrestados por llevar flores a la embajada ucraniana en Rusia; padres corriendo con las manos ensangrentadas tratando de salvar a sus hijos… ¿dónde está la justicia?
Me arropa el sentido de culpabilidad que me provoca cambiar el canal porque “necesito un break de tanta desgracia,” como si el estar pegada al televisor les hiciera sentirse acompañados desde otra parte del mundo. Odio el que cualquier donación que haga se sienta como migajas, como cerrar una herida de una cirugía mayor con una curita de niños.
¡Puta impotencia! Y mientras grito a la pantalla cada vez que aparece algún líder, diciéndoles lo que deberían estar haciendo, me siento como la que le grita al boxeador a través del televisor – cronista de la inexperiencia, líder de los críticos de la butaca. ¿Pero qué más podemos hacer? ¿Rezar? ¿Pedir el milagro de un golpe de estado a este hijo de la gran Putin, cuyas descabelladas ansias de poder han destrozado un país, han rotos vínculos familiares, han desgarrado a padres de sus hijos y que lo han convertido en artífice de las más espantosas pesadillas de las cuales les costará al pueblo ucraniano una eternidad despertar.
No sé cual es la respuesta y aunque podría seguir escribiendo tratando de encontrarla, reconozco que no soy nadie. No soy nada. Arropada de impotencia, eso soy: soy una más que se queja, una más indignada, eso soy: sólo una más maniatada… cositas que joden.



