Vas rumbo a estrellarte, pero mete mano. You do you.
Así se sienten la mayoría de mis intervenciones con mis hijos adultos. Son la respuesta a un: “Mama, qué tu crees… pero sin decirme qué tu crees.” ¡Coño! Es que me la ponen bien difícil. Ser madre de jóvenes adultos es andar por un campo minado. Es ayudarles a quitarle las rueditas al triciclo, pero tenerte que morder la lengua antes de decirles que están por zumbar el triciclo cuesta abajo… del punto más alto del Everest.
Mama, qué te parece:
El recorte de pelo (que casi me deja sin aire del susto)
El séptimo piercing (esto no merece ni explicación)
El muchacho qué me gusta (pero que presiento tiene fecha de expiración from Day 1)
El outfit con el que voy a salir (y al que le prendería fuego)
…Pues, ¡súper!
¡Ay, coño no me hagan esto! Ser madre de jóvenes adultos es morderse la lengua hasta que casi te la atraviesas y eres tú quien necesitas el piercing para tapar el roto. Si hubiese tenido la oportunidad de volver atrás el reloj (y no estoy diciendo que quisiera) posiblemente hubiera inculcado cada lección, premonición y opinión para que les quedara grabada en la mente y anticipara cada uno de mis sustos y suspiros…pero igual me hubiera perdido de tantos momentos chulos, de vivir el momento. Me hubiera perdido Funky Fridays, citas impromptu para un helado o tardes de cine. Es que no hay de otra. Queda ahora acostumbrarse a ese sabor agridulce que produce el verlos crecer, mientras saboreo los recuerdos que en la distancia parecen venir de tiempos más fáciles, hasta que de pronto recuerdo tareas de colegio, los huesos rotos que acompañaban atisbos de independencia, conducir a altas horas de la noche en el lleva y trae de la última fiestecita.
No hay momento más fácil que otro y todo tiene su tiempo y razón de ser. Curioso sin embargo que esos seres a los que se crió buscando hacerlos tan fuertes y tan auto-suficientes son los que ahora te contestan con la fortaleza y determinación que le inculcaste (referencia: “when it comes to bite you in the ass”) y que no sabías que algún día usarían contra ti. Curioso (o tal vez no) que esas personitas a las que les enseñaste a tener su opinión – y expresarla – son los que hoy te piden que te reserves la tuya… cositas que joden.



