Agua oxigenada para aclarar el pelo… aunque te lo queme.

Coca-Cola para un buen suntan.

¿Láser? Economízatelo.

¿Cremas? Eso es un mito.

¿Las manchas? Esas se van.

Bienvenido@ a mi segmento de belleza: qué vino primero, ¿el huevo… o la cana?

Esta nueva etapa de la segunda mitad de mi juventud parece tener un color peculiar… y un olor también, como a vello quemao. El calendario se confunde entre reuniones, compromisos y citas de neuromoduladores, láser, dermabrasión, laboratorios y médicos. Trés chic. El soundtrack de mi vida se ha convertido en el gemido que acompaña ese primer intento en ponerme de pie en la mañana, y el ronquido que escucho a mi lado a las 2 am.

Y así llego a mi cita mensual para eliminar el pelo que siento en la barbilla, más insistente que político en campaña y más terco que adolescente en plena pubertad. Nota curiosa, ese que antes no existía, no lo veo ni con los bifocales, pero lo siento como los clavos en la cruz.

Entonces, llego a mi cita, a ese lugar dónde milenials y gen-z’s acompañan su “brazilian” con una copita de cava, allí mismo voy yo, soba que te soba esa barbilla, entendiendo que el exceso de fricción va a someter el pelo y lo va a rendir ante mí. Y me subo a la butaca de dentista que me recuerda que esta epopeya no va a ser una agradable, y cuando le explico a la esteticista que más allá del bigote que llevo, y que es la envidia de mucho varón “pre-pubescent”, este jodío pelo en la barbilla me trae por la calle de la amargura, que vivo con la mano en la barbilla como el famoso “pensador” de Michelangelo y quiero darle muerte ya de una vez y por todas, ella sonreía, y hasta en tono de “ay sorry” me explica:

—Ah, es que ese pelo que mencionas es una cana. Y el láser no trata el vello sin pigmentación.

¿Qué cómo que qué? Pero es que de joven no lo tenía. Si lo hubiera visto cuando era negro, me lo habría quitado antes.

Lo que pasa es que históricamente, nuestras madres y abuelas perfeccionaron el gate-keeping de todo lo que hoy no me pienso callar:

  • El pelo que no sometas al láser de joven, de vieja se transformará en la cana que le saca la lengua a la máquina como si se chupara un límber.
  • El sol que cogimos de adolescente te mancha (o te mata, que suele ser peor).
  • El maquillaje que no te quitaste cuando llegaste trasquilá del jangueo, con tiempo te va a tapar los poros hasta convertirlos en rotos de la Kennedy.
  • El cansancio que antes se curaba con dormir ocho horas, ahora no se cura con nada.
  • Y el que te diga que tu repentino ADD, insomnio, sofocos y malhumor no se quitan con un coctelito de reemplazo hormonal, no sabe de lo que te está hablando.

No es justo ni razonable. Cargamos con la famosa, aunque ya distante, regla que llegó sin falta por años, los dolores, los cambios de humor, el embarazo, el desbalance hormonal, las estrías y un cuerpo que nunca volvió a su lugar.

Y la madurez y experiencia nos premian con esto: las libras que lucen su invicto ante la dieta y el gimnasio, y una cara que por la mañana debería venir con un warning sign, por si soñaste que eras joven la noche anterior. O algo para suavizar el “Señora, usted” que el día que más mona y coqueta te sentías, te bajó de la nube a la velocidad del Artemis.

Y es que nadie te prepara para esto que sucede, al parecer, overnight. Pero yo, en calidad de buen samaritano, ofrezco este servicio público a mi hija, y a cualquier otra que me quiera escuchar. Y si al final no me hace caso, espero vivir para el “te lo dije,” y que me responda en su característico eye-roll… mientras pelea con la cana en su barbilla.

Cositas que joden.